|
|
Ciertamente
estoy de aqui para allá, y ya no se parar. Mi formación
católica de infancia, adolescencia, terminaron en el espiritismo
de Allan Kardec, despúes de que mi esposa Elsa muriera de accidente,
hace ya varios años. Mas no es una detallada historia la que quiero
contarles; sólo cinco encuentros aíslados, que fianlmente
transformaron mi vida. Y no que me haya casado por segunda vez, no.
La primera vez que di con aquel hombre de semblante pacífico, tranquilo,
armonioso, hasta alegre, gentil, fue en el mismo lugar que las otras cuatro
restante. La entrada a una filial de banco.
A un año y medio de haber enviudado, con el único sentido
de dar un futuro a mis hijos, comencé a correr detrás de
un dinero que el seguro de mi esposa, me guardaba. El presente de ellos
me era indiferente, y la falta de aceptación, quería fingir
el dolor. El entusiasmo, el cultivo de amistades, el descubrimiento de
nuevos relaciones estaban con mi esposa. En el ataúd.
Mas fueron sus ojos, su mirada, fue el momento de despertar de aquella
pesadilla; Cuándo gentilmente me dijo: ¡Buen día!
- ¿Buen día? - fue del modo que respondí. Ya eran
tantos los días de infierno que vivía. Y fue luego de cuestionarme
que encontré otras respuestas para "un buen día";
y no de continuar con la rutina, con la que acostumbrado estaba, de recibir
preguntas, recuerdos, de Elsa, los chicos; dar, recibir explicaciones.
- ¡Es increíble que estando a finales del siglo xx, haya
colas en estos establecimientos!- expresé para aquel señor.
- ¡Paciencia!- me respondió dulcemente.
Paciencia, paciencia. Su voz la recuerdo hasta el día de hoy. Era
justamente paz, paz de espíritu como se dice, la que ya no experimentaba.
Paciencia. Que no era tolerancia, ni sumisión.
Después de un montón de tramites apilados, una decena de
preguntas automáticas, respondí para el personal de la caja,
en forma automática, y automáticamente comencé a
caminar hacia la puerta, mirando el interior del local en busca de aquel
hombre de la fila, con animo de cruzar otra palabra.
Automáticamente continúe mi rutina. La espontaneidad ya
no era parte de mi vida desde la adolescencia, cuando condicionado por
la moral de los modales, las respuestas al saber de los exámenes,
el cumplimiento de un horario, la obligación de los derechos; marchaba
convencido que los pájaros cantaban si los oía, y el sol
salía para que "yo" describiese ¿cómo?
El segundo encuentro, fue mas feliz.
¡Por ser! Independiente de lo que hacía,
tenía.
Aún continuaba enredado. Y entre redes es difícil soltarse,
mas algunas personas de edad avanzada, en sillas, aguardaban ser atendidas.
- ¡Humildad!- respondió él, quebrando
el silencio que mis palabras dejaron. Humildad, era para mí ser
humillado por la lentitud en la atención, ser engañado por
los slogans publicitarios, que nos venden reflejos de condicionamiento,
era ser "uno mas", cuando estaba siendo "uno menos"
en otros lugares.
- ¡El ser, es lo que es!- agregó dulce-mente.
Y en mí se sucedieron todo tipo de dificultades, problemas, y ningún
ser parecía brotarme, a no ser, esos imaginarios seres, que acrecientan
mi ansiedad, frustración, a la hora de hechos reales, concretos.
Una vez mas me despedí de aquél hombre, diciendo de esta
vez:
- ¡Adiós!
- ¡Bienaventurados los que lloran, por que serán recompensados!-
fueron las palabras finales de él.
Bienaventurados
los que lloran por que serán recompensados. Durante toda la semana
siguiente, su frase hacía eco en mi interior. Como si aquél
hombre, hubiese percibido mi llanto. Aquellos llantos que diária-mente
derramo, por Elsa, los chicos, las dificultades, el abandono, algún
insulto gratuíto, palabras, hechos que debiliten mi autoestima.
Sólo dos años después de aquél encuentro,
volvímos a cruzarnos, por tercera vez. En ese tiempo un nuevo encuentro,
ya era parte de mi ansiedad, mis dificultades incontabes; mis propuestas,
sólo lineas en el papel.
Como de costumbre, su semblante inalterable, pacífico, tierno,
suave; y de esta vez se acercó a mí preguntando: ¿cómo
te sientes? Su pregunta, me paralizó. Como iba a sentirme con cuatro
años y medio de viudez, tres hijos por educar, cuentas a pagar
por todos lados, la situacion social, la economía ahogada en todos
lados, y con estos pensamientos, y otros no menos pesimistas, luego de
varios segundos, acomodando mi cuerpo, respondí:
- ¡Y bien...me siento bien, hoy, me siento bien!...- a lo que el
hombre agregó.
- ¿Qué si te sientes amado?
- ¿Amado?...- Amado, resonó en mí varias semanas,
mas fueron suficientes aquellos segundos, que re-ubicaron el amor en mi
vida. Y que finalmente, correr de una a otra cosa, tapando agujeros aquí,
allá; juzgando una y otra actitud, viviendo en las expectativas,
cambiando las estrategias diariamente; nada tenía que ver con el
cuidado de que alguna flor creciese en el jardín de mi vida. ¿y
qué otra cosa era el amor del que este hombre refería, sino,
del cuidado del prójimo, la aceptación del otro?
Entre fila, gentes, trámites, papeles sellados, teclas de ordenador,
perdí de vista al señor. Volví a mi rutina, a los
llantos, al desamor, a la búsqueda interior. Sí,... ahora,
decidido a encontrarme, lograr aquella paz que deseaba. Busqué
por todos lados. En los clasificados, en las páginas de internet,
en cursos de terapias grupales, individuales, y aquél angustiante
dolor continuaba, como continúan las páginas de un libro
que no acaba.
Dos años mas tarde, en la misma fila, en la misma filial de banco,
con dos hijos por casarse, muy preocupado por mi aspecto externo, hasta
dispuesto a gastar un dinero para una cirugía estética,
que me transformase, quemando grasas tres veces por semana, en un gimnasio,
sin importarme el dolor que me producían los ejercicios, ansioso,
muy saturado por el desánimo, temeroso a perder mi condición
social adquirida; di con él nuevamente.
- ¡Ya ve, el tiempo pasa, las promesas se quiebran, estos
ineptos ganan ascenso, nosotros continuamos en la fila a merced de ellos,...
y usted ve el panorama es bastante desalentador!- dije de una
vez.- ¡aunque verlo nueva-mente me alegra, usted,... usted da la
sensación que vive sin problemas!- agregué segundos después.
- ¡Fe, mi amado!- me respondió.
Muchos de mis pensamientos se disiparon, comencé a seguir con la
mirada sus pasos, sin distraerme de la vez que me tocara, y por dentro,
¡fe, mi amado! Se multiplicaba, más y más.
Despidiéndome de él dije irónicamente:
- ¡Y sí,... la fe aún es gratis!
- ¡Y saludable!- me dijo con aire de frescura, limpieza, pureza
interior.
Saludable, saludable, me dije una y otra vez; al paso que me internaba
en la selva de problemas, citas, conversaciones, discusiones, desacuerdos;
pidiendo al mas allá una tregua que no llegaba.
La tregua llegó, llegó cuando una década había
transitado mi vida y el milenio acababa, el siglo XX se iba.
Esta vez, era la quinta y última vez que me encontraba con él,
dispuesto a que charlásemos extendidamente, contarle el no
se que de estos años que se esfumaban ahora. Fue en la
fila, (aunque los bancos de hoy pueden ser accedidos desde una red informática),
donde recibí el calor humano de una palabra, un comentario, que
por veces me enterraban en lo cotidiano, y otras me alzaban a
la luz de los sueños.
- ¡Llegué decidido a terminar con mis problemas!- pronuncié
para él, luego de haberle expresado mi alegría de verlo.
- ¡Bien!...- fue la primer palabra que de él escuché;
a lo que continuó segundos después. -¡decidirse es
interrumpir un curso, y mas de las veces, lo que se muestra, mostramos
como una dificultad, es el sentido de nuestra existencia, el sabor de
nuestra vida!
- ¡Ya lo sé , ya lo sé!...- pobre de mí, respondí
automática-mente como acostumbro. A lo que él automática-mente
siguió diciendo:
- ¡Lo que se sabe, es lo que se muestra; fuera de eso vive lo des-conocido,
lo no sabido, y esos comienzan a ser los verdaderos problemas!- continuó.
- ¡nadie habla desde la muerte, ni hay videos de Jesús Cristo
en persona, ni de Alá, ni de Buda siquiera; todos hablan de sus
imágenes, de sus enseñanzas, de sus acuerdos, de sus manifiestos;
amado señor, las dificultades, son como las posibilidades, sólo
máscaras de la existencia; por años estuve aquí en
esta fila, re-encontrándome con usted, a quien las dificultades
le crecían tanto como las posibilidades; y usted sólo veía
mi gesto amable, mi buen semblante por segundos, minutos tal vez; y nueva-mente
luego de cada despedida, iba detrás de las dificultades, y apostaba
a superarlas, y de ese modo su lucha por la sobrevivencia terminase, en
esa ansiada paz que procura; ahora,... como en un pase de magia, pretende
terminar con los problemas que lo abruman, siendo que usted mismo los
cultivó por años, una década! - me sentía
perplejo.- ¡una y otra vez, ofrecí alternativas, y usted
sólo veía dificultades por su frente, o, mi buen semblante;...
mi amado señor, la unidad no es la unión del blanco
con el negro; ni una naranja que pueda partirse al medio, en dos!... ¡la
unidad es todo!... ¡Paciencia, humildad, amor, fe, y esperanza;
Paciencia, como la ciencia de la paz, de modo de humanizar, las
maquinas de las que nos servimos, y servir al prójimo aún
mas, humildad, para que lo que es, sea aceptado como
tal, sin prejuicios, preconceptos, sea animal, vegetal, o cartón;
Amor, para cuidarnos unos a otros; fe;
para acceder al verdadero ser de nuestra existencia; esperanza;
para cosechar lo que sembramos;... de este modo me despido de usted, agradeciendo
su ser, su estar a mi lado en estos encuentros que posibilitaron que expresase
lo que ha escuchado!- finalmente.- ¡la vida, es
como un río por donde fluyen dificultades, posibilidades, la existencia
es el ser, sin prejuicios, preconceptos, sin posibilidades, sin dificultad
de que lo que es, sea!... ¡sólo existe!...¡hoy
se vive con miedo, y de ese modo la existencia cobra forma de tortura,
horror, desencanto, apatía; se está mas preparado para aprender
una rutina, correr la adrenalina en riesgos de vida, a celebrar
la magia de sentirnos vivos, estar siendo una parte del todo!
Caminé de regreso a casa como en nubes, con el sol brillando...
Marcelo Urizar
Argentino-Brasileiro
murizarte@yahoo.com
|