Caminaba distraída como siempre, metida en mí misma y quién sabe dentro de qué parte de mis neuronas, haciendo un paneo por la rutina que debía hacer, cuando miré hacia delante. El sol me daba de espaldas, lo sentí placentero porque hacía frío, no es que lo hubiera, pero yo lo sentía. Vi mi sombra dibujada en el piso, como una caricatura estirada de mí misma, repitiendo como un espejo oscuro mi contorno.

La miré varias veces, hasta jugué con ella haciendo algunos movimientos para ver que si estaba atenta, y lo estaba.

Otra vez mi mente invadió los pasos y la inercia me llevaba hacia donde debía ir.

Un hombre, tan distraído como yo, caminaba hacia atrás pero hablando con otro, despidiéndose. Y se topó conmigo. Acepté la disculpa, y a la vez que me acomodaba para seguir mi camino, nuevamente miré mi sombra, repitiéndome en grises, con gestos casi grotescos, pensé que un poco exagerados.

Al doblar la esquina se fue. Miré para todos lados, miré y el sol aún estaba. Miré casi con miedo, no supe por qué, pero observé que la otra gente tenía sombra. Me sentí olvidada. Como perdida.

Busqué, la busqué, me moví, me corrí de lugar, volví atrás, antes de la esquina, ya no estaba. Me entró una obsesión por encontrarla, como si con ella me encontrara a mí misma. Pronto desesperé, un temor casi incomprensible me inquietó. Debía tener una expresión de angustia tal en la cara que alguien me preguntó si había perdido algo. Sin contestarle, continué mirando y moviéndome como una loca.

No sé cuanto tiempo pasó, pero me sacó de la vida, me alteró como si me faltara un brazo, una pierna.

De pronto la vi. Estaba en la vereda de enfrente. Y me miraba. Era imposible pero era. ¿Qué me pasa? ¿Me estoy volviendo loca?, pensé. Juro que estaba enfrente. Que era ella. Era mi sombra y estaba separada de mí.

Fuera de todo racionamiento, ya no podía sorprenderme, crucé desesperada a buscarla, y ella se alejaba. Más trataba de alcanzarla y más se alejaba. Así estuvimos hasta que el sol nos abandonó y pudo esconderse.

Me encontré en una calle desconocida, había andado sin mirar donde iba, y en un instante de cordura vi un Café y entré. Me senté y pedí algo con alcohol.

– Un vodka – dije. ¿Pero si yo no tomo? ¿Qué estoy haciendo?, pensé.

Cuando de pronto estaba sentada frente a mí. Y su voz, que era la mía, me dijo :

– Te dejo. – Y antes de que pudiera decir o hacer algo desapareció.

 

Transcurrieron varios años. Nunca conté esto. Pero viví sin ella. Parecía de locos, pero tratando de ser, aunque sea para los demás, alguien normal, viví sin mi sombra. Y me acostumbré al punto de olvidarme del tema.

 

Una tarde de octubre, sentada sobre el pasto de una plaza, leyendo un libro, alguien me dijo:

– Estoy de vuelta. – Y sin más explicación se pegó a mí.

– Creo que esto merece una conversación – le dije.

– Conversemos, te debo una – contestó como apagada o tal vez resignada.

– Reconozco que pude vivir sin vos, pero estoy más cómoda así. Es como que soy como los demás, no me falta nada, o casi nada. Me falta lo que le falta a todos – le dije.

Le pregunté por qué.

Y la sombra me contestó:

– Me había aburrido de vos, de tus miedos, de tus sueños, de tus imposibles, quise probar otros cuerpos, otras ambiciones, los sentimientos de otras vidas. Pero me di cuenta de que todos son iguales, todos los miedos, todos los sueños, todas las ambiciones y todos los sentimientos de todas las vidas. Es más fácil ser una sombra sabes, es más fácil y hasta más placentero que el viento atraviese tu alma y no a mí.

– Mira – le dije –, vamos a poner algo en claro, una sombra, como quien diría es algo superfluo, efímero, casi un lujo, una frivolidad. Porque en definitiva no tiene la consistencia de lo material, ni siquiera es totalmente veraz, sino una caricatura de lo que en realidad somos. Además cambiás, como un dinámico espejismo de nosotros. Y desaparecés, dejándonos como si la materia nos abandonase, como si fuéramos sólo cuando la luz está.

– Por eso inventaron la luz artificial – replicó –, para tratar de mantener la sombra de lo que sos, como si no fueses nada sin nosotras.

Y continué, como si no me hubiese dolido lo que dijo – le damos a la sombra un significado que no tiene, un valor que de por sí carece, sin nosotros no existirías.

– Pero pensarse sin sombra sería como pensarse muertos – dijo. – Hay personas, y te lo digo por experiencia, que no tienen más que su sombra, algunos que no confían más que en ella, otros que juegan con ella como los niños, otros que intentan escaparse de su propia sombra, otros que pisan la sombra de otros. Pero nadie advierte que nosotras hacemos nuestra propia vida, nacemos con la luz, nos estiramos, nos contraemos, nos divertimos entre nosotras a costa de ustedes.

– Y todo a nuestras expensas, nos acompañan como adornos hasta el final de nuestras vidas, y no podemos librarnos de ustedes ni cambiarlas, si quisiéramos. A veces nos delatan, es imposible dominarlas, silenciarlas, se mantienen ajenas a nuestra voluntad, ¿quién tiene esa libertad? – le dije con un sentimiento casi de envidia.

– Un mundo sin sombras sería como un espejo sin luna, un mundo sin el fantasma de la vida – me dijo orgullosa.

– Sin embargo las sombras no son vida, ni siquiera materia. Sólo el oscuro reflejo de nuestro propio sol; como una imagen, que saturada de encierro, se escapa de nuestro cuerpo. Un espectro que sólo lo material posee. O mejor dicho se inventa. Ustedes son oscuras, su color es la oscuridad que paradójicamente nace de la luz, una luz ajena, prestada por algo que nunca tendrá sombra – contesté.

– Quizás si el alma tuviera sombra, sabrías algo más de la muerte. Nuestra inmaterialidad es la certeza de vuestra materialidad. Tal vez por eso te duele el atardecer. Te entristece, como si la caída del sol, que se lleva las luces y las sombras, te arrancara de cuajo una parte de tu ser, y en verdad te amputa tu sombra – dijo.

Me callé. Pero como quien quiere quedarse con la última palabra agregó:

– Te pertenezco, y tal vez es lo único que tenga; pero para ser sinceras ¿qué otra cosa tiene cualquiera, realmente suyo?

– Un alma – dije, aunque en el fondo algo me decía que tenía razón. El alma es a veces nuestra y a veces nos la roban; nadie puede robarnos la sombra.

Caminamos a casa, con una paz en mi interior que hacía mucho tiempo no sentía. Me percibí entera. Quizás la sombra sea el reflejo de mi alma, o mi alma se presente ante mí como una sombra, la única cierta compañía en esta absurda actitud de nacer para empeñarse en querer hacer cosas para siempre; y un día irse, dejándolo todo a medio camino. Y la angustia de ser tan poco me abrumó. Ella se dio cuenta. Y como queriéndome me dijo:

– No te sientas sola, estoy con vos, nos tenemos.

Pensé que no era un gran consuelo, que no comprendía la pobre la profundidad con que ese sentimiento de finitud y pequeñez me dolía. Y para completar el momento la vi sacar de mi cartera un pañuelo y secarse las lágrimas que caían al suelo, lágrimas de verdad, no lágrimas de sombra, y yo no estaba llorando.

– Por qué llorás – le dije.

– Sos vos que llorás por dentro, te hace falta llorar para afuera, por eso lloro, porque sólo si echás afuera estas aguas, tendrás la libertad humana de verte en la exacta magnitud de lo que sos. Uno de tantos millones de personas que afortunadamente viven, pueden reír o llorar, tener el privilegio de darle a sus pasos una dirección.

 
     
 
   
           
           

 

 

Ana Tornini
É jornalista e analista de sistemas argentina. Seus textos têm aparecido em antologias e revistas de autores argentinos.
“Me dicen escritora, y yo me río, porque he escrito por necesidad y para mi. Soy curiosa y me gusta saber. Siempre pienso que saber da libertad, aunque más no sea libertad para pensar mejor.”