Los cortejantes vienen y van por el bosque de vidrio de sus vanidades. ¿Qué verdad puede estar debajo de las plumas y los géneros bestiales de un niño disfrazado de San José de Cupertino? Con la tormenta, fosforecen los cortejantes. Despavoridos, huyen de esa ilusión que da siempre la lluvia.


Moran alrededor del rayo con sus bocas cosidas. Moro en una estatua que me deshabita – vanamente – como al seco árbol maldecido por el dios encarnado. Hágase tu voluntad en los candiles de terrible esplendor; encántame la gracia de aquel fuego azul sobre las torpes cabezas.

 

Nada oprime tanto como un zaguán de desesperación repleto de objetos minúsculos. Veo el marfil enhiesto, tatuado de las bocas futuras. Nadie se resigna a permanencia o se arrebata frente al poliedro de la noche final. ¿Son ingenuos los desechos, estos restos de cera? ¿Quién se adueña del humo que aparta y transforma las sustancias?

 

Da vueltas la ronda de peregrinos hasta desvanecer el último reflejo en las persianas. Ayer, rugía el animal de presa entre las felpas vampiras del carruaje. Dejaba su simiente. ¡Trapos veladores, impasibles, inútilmente exquisitos, desfondados!

 

Iba mi corazón latiendo por el hielo.

 

París, Place des Vosges, octubre de 2003
Este texto pertenece al libro La noche desnuda de rostro ciego. Derechos registrados.

 

 
       
     
 

 
     
       
   


El tercer ángel vació su copa sobre los ríos y
y manantiales, y se volvieron sangre.
Apocalipsis, 16:4

 

 

Tras una invocación hirviente como roca sumergida en los encajes del delirio

– de un delirio convertido en llagas hasta donde se disuelve el error –, sube el séquito entre las ilusiones de Birnam.

 

A este albergue me trae el resplandor con su cabeza inclinada hacia los hombres. De estrangulado y ardiente nácar, habré de gemir por ausentes y presentes.

 

¿Qué maná soltaste de los dedos, qué otra adivinación se quedó en la sombra dorada que despoja de velos y es torbellino y saber en las praderas?

 

Ramificado exterminio hasta el árbol de Adán, fosfórico, feraz cuando escarba entre las grietas nunca el alba de las pesadillas.

 

Son manantiales reposando en mi boca sin duelo. Son los visitadores aleonados sucumbiendo al vértigo de mi escalofrío.

 

Puedo tocar el rayo que se expande, que se arrastra.

 

Ni en las márgenes de luz de este desierto, ni en el ciego carbón aguijoneando los pies de una mendiga, dejabas de entrar.

 

Y hendir en este ascenso los racimos abiertos, la muerte ambarina de la infancia.

 

La mitad de mi rostro es la pureza arrojada al letargo de un mundo siempre ajeno, semiofrecido a los pozos del tiempo. Antorcha inclinándose por el fósil errante de la duración.

 

¿Qué follaje liba el deseo de quien cuida en secreto su cueva?

 

El temerario conjuro y sus gérmenes arrancan a esta noche los designios del mundo terrenal. El dolor arde en las bocas. He de amar la espuma de ese cielo.

 

Ruego por mis abandonados al borde de los precipicios, por los solitarios, por el balbuceo de mi lengua en enigma, por mi hermosa crueldad, fogón de todos los deslumbramientos.

 

Inféstense arpías y bosques, alabarderos y esclavos, pócimas y calderas emponzoñadas, nieve lloviendo sobre las tumbas, consejas del escarabajo a la hierba que muere. Los guardianes portan coronas de gloria y estás, sin embargo, en el infierno.

 

Deseo de precipitarme en las rebeldías del juego, de balancearme en la casa del dios desconocido.

 

¿Qué se despoja del prisionero apenas cierra los ojos para donar a la sombra su lastimadura?

 

Perseveran revelaciones – como ecos – en las grutas que nombran tus ojos. Con solo mirar, fundas un mundo hecho para el sol y las serpientes. Por eso bailabas frenéticamente el disfraz de una magnolia, las máscaras que eluden el sudario donde nacen.

 

Fraudes arrodillados a un espejo sin piedad, obsequios del desvelo, zaguanes de la impostura: tu retrato de este mundo. De arena es la fragancia del recinto en que me desfiguro.

 

El escanciador del vino saborea su cara frutal y da alaridos. ¿Es del mundo esta región de alta selva, trastornada, cautelosa?

 

Me llevan a las vastas carnicerías del hombre. ¿Debo entonces ser el hombre, ese tormento?

 

Otra imposible Eurídice, con luto de su escándalo, reparte las vísceras. Cae el beatífico aceite sobre un linaje de almendras: hecho para veneno de las lamentaciones.

 

Un graal de alambres y de escamas se hará juguete entre los dedos perversos de la música.

 

¿Son ciegos y ausentes los vacíos? Si se borran los rostros, ¿por qué bajas a esas charcas de nostalgia? ¿Qué regreso te convoca, agonista? ¿En despertar está el eclipse?

 

Por fin se demora la música en el cedro. Mediodía en la abdicación de unas alas ofrendadas al incendio verde. Estos codicilos de amor se iluminarán a tu paso.

 

El juglar vagabundo – como una araña desentierra el hilo meridiano. ¿Has de regresar a la fortaleza, trazar en el tapiz bermejo la divina entrada?

 

Límites, zambullidas en lo visible.

 

Una jauría de perros de sal rondan el verde espacio donde arrojas piedras al crucificado que fuiste y dice ¡adiós! sin compasión alguna.

 

Lavo las mordazas desprendidas de mi carne de cielo en las alcobas. Quedan las duras aletas, como si no fuesen ya mías.

 

Acobardado diluvio en los huecos del cerebro. ¡Qué arrobamiento donde cantar mortuorios himnos para el arcoiris! Dejémoslo acercarse.

 

Insidiosas dádivas del lujo.

 

Filogénesis de un arder hacia arriba: de excavar en el cielo el Memorable Rostro de Una Ausencia.

 

La sangre estuvo en ti desde el principio. Ultimaste las pérdidas con el asombro. Noche ciega, instinto ciego, ciego de nadar en los volcanes de la melancolía, en su madera, en su mármol, en su frío.

 

Purifiqué mi memoria. Desde el principio fui la esfinge.

 

Villa Santa Lucía de Syracusa, 30-XII-2003/18-I-2004
Este texto forma parte del libro La noche desnuda de rostro ciego. Derechos registrados.

 

 
       
     
 

 
     
       
   


Árdenme lo que no sé y apenas sospecho. Árdenme el sol con sus emblemas, con sus harapos deslumbrantes, con un caldero de ácidos raspando mis fisuras, con la resurrección de los rostros amados. Corro en la espesura de un bosque envuelto en vendas. Toda resurrección es la revelación de una verdad que ha empezado a herirnos, aun con las palabras arrancadas al sacrificio.

 

Tejías en los huecos del panal un amordazado enjambre de sobrevivientes, hecho al tamaño de una alcancía labrada con la carne del éxtasis. Son tuyos esos retazos, esta fauna enardecida por tu origen. ¿O acaso no estrujabas entre los dientes el diminuto sarcófago de la amargura? Pudiera ser el amor el reverso del crimen en la medida exacta entre martirio y lujuria.

 

Hay trece maneras de mirar un mirlo, cantó Wallace Stevens. A la aurora, las criaturas husmean despojos como si presintieran cuán mísero es el mundo. Después del mundo, sobrevive la ficción. En este martilleo no cruje la memoria.

 

Me mudo de rey a tribunal con el tacto oscilante de todos bajo el huracán de la desobediencia, pero debo avanzar – aunque ciego, aunque áspero – por estos intersticios de arena. ¿Por qué vivir un reguero de destinos guardado como un soplo sellándose en mi lengua? Es la corona que te fue prometida, atada a esta voz de grandes truenos con las alas de la permanencia.

 

Palabras en la tierra: piedras filosas arrojadas al teatro hormigueante construido sobre el viento.

 

No se desprenden las membranas del hielo viscoso de tu cráneo. Deseo de desgarrar esa cabeza, de incrustar en los lindes en guardia mi lástima y mi grito.

 

A veces pienso en el hambre de luz entrando por tu cuerpo. Le hablo a seres que no pueden escuchar. Les muestro el relámpago que confirma el temblor y la caída. Se alejan antes del sol, así como reyes de su escarcha. Continuamente, me deformo o me desprendo a través del prisma de los renunciamientos.

 

¿Y cuál será la tierra natal que me acompañe o me despoje cuando se nuble el iris de mi llaga? ¿Y sobrevive siempre la llaga en el costado?

 

Tal vez no preserve estas migajas, esta pelambre de repente abierta a la emboscada, a la boca perversa en cacería. Tal vez, la distancia. Tal vez, la nitidez. Tal vez, los frutos tumbados al sol.

 

He visitado un cangrejal de muñecas en un foso abierto a las enredaderas del diluvio. Sumergen los mapas que atravesaron el fuego resinoso del sudario. Desoladamente, desoladamente, Alcanzando el odio de unas manos, me perdí en la alegría.

 

Desperdicios de respuestas mutilan el aclarado resplandor de la leyenda. Me atavían para el vuelo, me hilvanan el obstinado enigma soplando en los subsuelos. ¿Cómo desprenderás el oro indecible de estas telarañas negadas al grito, a la humillación?

 

Voy a revelarte la puerta. El hombre amortaja la luz de su destierro.

 

¿En que choza de alambres das muerte al instante ? Sí, es la parodia de aquella mansión donde comes el sueño peligroso y lo vomitas, donde resplandece el augur de los desprecios y oyes la voz donde temes al miedo, y juntas las migas del seco abismo revolcado en sangre.

 

La noche traga su luz ciega. – ¿Adónde el descenso de la cruz garabateada en mi espalda?.

 

Con mi valija de sombras, reclamo el trono arrancado al viento de las islas. Ya es hora de escupir el paraíso vampiro en la morada de los dóciles.

 

Hasta entonces se apresuran las cortezas de una piel en suspenso, te embriagan las arrugas. Esta jaula que eres alardea en su carruaje. Tan sólo de unos pliegues respiras el espumoso vino de tus muertes.

 

Demasiado cerca el rocío de fulmínea eternidad para huir de esta casa. Debajo de cada piel, están la profecía de Jesús y el asco de los siervos.

 

París, fines de septiembre de 2003
Este texto pertenece al libro La noche desnuda de rostro ciego. Derechos registrados.

 

 
       
     
 

 
     
       
   

 

A la muralla que alberga la lluvia que nace de tu boca. Hasta esa música llegan mis fauces.

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

Cuando la usura asciende como una telarana en su mármol marchito, o quizá cuando se repliega en el ardor de estas cenizas, ?qué festín preparas dondequiera esté tu sangre y tu futuro? Porque lo ves debajo de un hierro dorado que te cubre la cabeza, regresando a su dolor primero – sin alivio de nada –, rojo cielo, espuma a trasluz, valija cerrada colgando de la boca.

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

Caverna donde engendro esplendores. Hurgo las muchedumbres de mi soledad, arrastro las cáscaras y desperdicios nocturnos para llenar de risas esta fiesta.

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

La fiesta, la feria y su limoso presente. Compruebo la demolición del mundo por el gesto.

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

Es vieja esta masacre. La extremaron los esclavos desde el nacimiento del poseso ungido en su tragedia, la repiten sirvientes con el goce amenazante de una revelación:? a quién buscan?, preguntaba en el huerto el que ha bajado. !Qué honor, qué tembloroso ruín contaría los minutos, qué alardeo de juicio final encerrado en un ardor de telaranas!

Sonríes en el espejo de cal hirviendo intacto un cortejo de cicatrices. El saqueo no se avergüenza del ritual, acontece.

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

Ni siquiera un aleteo dibujado por la sombra de la esperanza, me alivia del lenguaje. ¿No dijiste siempre que el lenguaje grazna y brama y jadea? Qué petrificada es esta mansión bajo mi lengua, deshojándose. Voy hacia el rescate de los hilos. El agua subiría por el muro con sus ofrendas: un amuleto filoso y un nino que duerme. Aunque sentencien y asistan a su muerte disfrazada, el nino duerme. La rueca feroz aguarda. Las plagas avientan al amortajado con humo lobreguísimo.

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

Lo que cava sin fin hasta el principio.

El ritmo.

Las puertas y las peregrinaciones.

Los alimentos, las pinzas del insomnio.

El gesto crudo.

El lujo de un desierto que arde.

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

Y apenas atraviesas aquella ruina, todos los poderes caen – es decir, se sumergen – en la pequena esfinge guardiana. Los domingos alzan su graal en honor de la embalsamadora. !Quién acudiera a su grito, a la voz infantil abierta en grandes charcos! Y la arena traga a la desertora. Mar adentro, en largas jornadas al temblor.

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

No quieras jamás el consuelo, esa heredad de los débiles: trampas de las horas secándose hasta el llanto. Antes el viajero sufría desnudez en las victorias de la carne. Estar era abandono guardador de espléndidos seres arrebatados al milagro. Ítaca florecía en la mohosa estirpe de vísceras comidas por los lobos. Eso sí, los lobos que apacientan un mármol implacable.

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

Resplandece. Dudosa la luz de los rastros, de otra muerte, de las falsificaciones. Persuasión de un objeto vedado.

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

          ... muerte muerte muerte muerte muerte muerte muerte muerte muerte

 

 
       
     
 

 
     
       
   


(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

Ciudades edificadas sobre cráneos. El viajero suele ver imperios en las estrías de un carbón amarrado a su sangre.

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

Cantabas un lenguaje de pájaros para cantar con los pájaros desde la fundación del mundo.

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

Detrás de una membrana se levanta la puerta. Imán de una memoria habitada – a sobresaltos – por desfiladeros interestelares, por rejas y por dientes,

 

RÍES LA FIESTA

EL SUSURRO DEL SIEMPRE TATUAJE

ABIERTO EN EL BALDÍO

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

Entonces una voz le dirá a Ezequiel: "Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos? Profetiza sobre estos huesos, y diles: huesos secos, Oídle".

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

Ya el sol fue tela de cilicio en mis ojos. Ahora llueve sobre las estatuas y recuerdo mis tribus, arrojadas por un rey enloquecido a sus amantes. ¿Es que no probé las agrias almendras sobre el umbral, no las probé acaso? Atrás el alba pegajosa de los padres del desierto. Los mínimos ojos disponen de la aventura devorada por la herida.
Todo lo sabes del temblor y sus túneles. Por eso te pido la delicada llave, la fascinante.

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

Contra la lucidez, duermes tu boca de hielo, las nervaduras en declive de tu furia. Paredes donde remolcan el secreto. El mundo ha de resquebrajarse como un calco del mundo. Hospitales de la conjetura sin amparo, vísperas del espejo que huye. Falsos punales dentro del vacío. Se subleva en piedad toda mi herida.

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

Vírgenes negras de Haití – desde lo alto – preparan el vuelo del rocío en el viento amargo de esta cacería. ?No ves cómo sangra el que aprendió a entrar en el grito? Era el grito incesante de la lluvia, el fruto amenazado.

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

Athanor para guardar el fuego. Ningún camino conduce hasta la casa: no hay casa, no hay espera. Déjale desatar este cielo. Levantar esa ceniza.

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando poe el bosque?)

 

Veo que pasean a un hombre en una jaula por las calles estériles de una ciudad idéntica a todas las ciudades en el planeta pavoroso. !Soy yo, el ilustre Ezra Pound con raíces de limoneros y humo lunar surgiendo de la mínima distancia entre el jadeo y el grito! !Seré yo, el andrajoso! !Pero alcancen la jaula y recojan los residuos!

 

(¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?)

 

Los monos suben los peldaños. Hay ráfagas de viento y de memoria. Puertas adentro, un jaguar destroza el graal de la usura.

 

Buenos Aires, 3 de junio de 2003
Este texto pertenece al libro La noche desnuda de rostro ciego. Derechos registrados.

 

 
       
     
 

 
     
       
   

 

A Teresa de Ávila

A Raúl Víctor Machado

 

¿Quién entorna la puerta en cada recodo donde duermo

y postula apenas -desdeñosa trampa de hechicero, mordaza para el caos,

ennegrecida cuerda para estrangular a los jueces –

la vaga incertidumbre del camino?

Porque no sé dónde estabas, dónde encontrarte, vida mía,

en estos funerales del miedo, en estos acolchados de la muerte

con un ejército de bufones acampando en mis llagas,

aquí mismo en que se nutre de mí toda la sed del huérfano

y hurgo entre las tumbas.

Se desvanecieron los manjares que encendían las bocas,

que apuraban tu pie por el lodo donde el alma es una intrusa

sirviente del espino.

Siempre hubo una autómata en este reino nocturno.

Los peregrinos siguieron temerosos su escaso itinerario de abismo

al contemplarte, al presentir tu grito en el murmullo.

¿No ve la espada incandescente,

no cuenta él todos mis pasos?

El corazón es un castillo invadido por íbices, por cierzos y por ratas.

¿Quién se ríe en este refugio, a solas, sin comprender

al cortejo anunciador,

al insaciable que ya mora en tus entrañas?

¿En cuál nacimiento alguien goza y se alegra y repudia

a las vastas muchedumbres congregadas en honor

del bebé en las pocilgas del odio?

Que le incrusten un lutito a la altura de la débil membrana

               /(extenuante hasta la desesperación),

un lutito dorado como breve cereza pudriéndose en los ojos.

Y él, con su olvidado clamor de pasado en fuga,

nunca más deslumbrante que hasta el día primero del final

en que olvidas tu cuerpo, en que comes tu cuerpo

entre los desperdicios de un corazón que fue un planeta ardiente,

hará de las distancias un aluvión de desposeídos,

del miedo un veneno insoluble.

Porque las astillas fueron entresacadas de la carne

sin que apareciera el signo indignante de tu camino a ciegas:

La delatora cicatriz bajo el milagro.

......................................................................

El sortílego ha venido a taladrar los huesos del cordero negro,

aun a expensas de sus pieles, de la férrea palabra que lo nombre

en su idioma de fosas y lamentadores, de amantes repudiadas

consumiendo en su avidez hasta el abrojo, vaciando los odres,

atraído por la muerte (por la memoria de la muerte, por la impura)

que separa la ciénaga del mar

con su hocico de bestia apacentada.

Él no espera.

¿Y dónde queda el brindis de los reyes exiliados?

¿Y qué perdura del olor de las pieles después del amor

cuando esta dicha parece trasvasar los relámpagos del infortunio?

.......................................................

En ese lecho sepulté mis infiernos de hielo,

junté cenizas para el desesperado que busca su niñez en los andamios.

Asediante estación de trenes, la arena está borrando las pupilas.

Para siempre es hoy con ciegas murallas y con huéspedes enfermos

precipitándose al vacío de este mundo.

¡Inobediente y limado vacío más claro que la perfección!

Para siempre en traje de abandono.

Para siempre con traje de sirvienta difamada.

¿Pero quién rehúsa pronunciarme madera -cara a cara-,

invocar a sus madres con los sonajeros del juicio?

Temen. Ni siquiera oyen los lamentos del lebrel en su guarida,

del conejo incestuoso, de un chacal carnicero por detrás de las rejas,

de la piara sedienta huyendo ahora de los lobos, de la astuta comadreja,

de la cebra invencible en las praderas de una pesadilla celeste,

de aquel ciervo amamantado por tus tiernas manos de nodriza.

Afuera no hay nadie, nunca hay nadie,

ni un rastrojo de deseo enmascarado por las caligrafías de pavor,

un armiño donde el ausente trace el gesto final de despedida

y de pronto cubran de flores su cabeza.

Nadie queda.

..............................................................

Rugoso desierto congelado en tu vientre, tan cerca de la luz,

el canto sube cuando roban las llaves de este reino.

El trapecista anhelante se ofrece al rito

cuando Lucas Cranach entrevé de su iris bienhechor

la cabeza devorada de toda vigilia.

Áspero refulgente, en el tapiz urde la salida imposible

donde infancia y vejez se transforman en dos brasas

para el cruel exterminio de tus caras de mármol,

desertoras de lo humano.

Si te clavaran en un lívido retrato como si te crucificaran,

él te buscaría por los recodos del mundo

hasta arder en tu máscara por nacimiento y naufragio.

El sol desprende angustia en esta hora.

La selva inmola a los yacentes sobre un teatro de desapariciones.

Debes partir antes que anochezca,

que te horaden los húmedos filos de un cedro azul de pesadilla.

A lo lejos han matado al padre, cavan una fosa,

mienten los huesos abiertos de su espanto,

deshabitan cada nicho recubierto con seda.

¿Te inclinas, mejilla devorada, sin traicionarme?

¿Qué crimen cometí en esos lavaderos de la furia?

¿En qué caída de un imperio -nada más que con antorchas apagadas-,

soplas sobre un nidal de pétalos escalofriantes?

¿Y llegas a sepultar al de los ojos abiertos, la boca lúgubre?

El cadáver sufre pérdidas visibles.

Todo nombra la conjetura

de decir por amor la mudez del enigma.

Pared leprosa; hilos leprosos.

La fiesta baja perversa un resplandor de viejas melodías.

¿Dónde se rebelarían los vejadores, dónde están los hospitales?

Sé que han dormido el corazón del hombre con los restos del ácido,

que no puedes oír al moribundo que eres

aun cuando cae la noche y el grito fue un sollozo,

que no podrás oír jamás la sílaba con que convocan a tus muertos.

Los peregrinos irrumpen, tallan en la sombra

la inscripción del desierto.

(Y eras con tu ira y tu asco, libre del polvo y las respuestas.)

Afuera no hay nadie.

¿Cómo es que no hay nadie cuando todos imploran

con sus mímicas la entrada al jardín?

Afuera no hay nadie, dirán otras voces.

¿Pero qué vigía habla de la corteza descascarándose

al grito del principio?

Nadie llama aquí -nadie me llama-,

nadie llama con la astilla de la sangre

a exhalar el milagro y sus crueles prodigios.

El viento es cierto.

La mirada es cierta.

Esta voz es cierta.

Crujen. Era esto lo esperabas:

un aroma a neblina flotante en las acequias, un color desolado,

el oscilante samaritano con el anillo de Shakespeare,

el barro hirviente de tu desintegración.

 

            "...de ver que un muladar tan sucio y de mal olor
            hiciese huerto de tan suaves flores."
            Teresa de Ávila, Su vida, Capítulo X.

 

Buenos Aires, junio de 1993/diciembre de 2003
Este texto pertenece al libro la noche desnuda de rostro ciego. Derechos registrados.

 

 
       

 

     


 

 

Manuel Lozano
Nació en Córdoba, Rep. Argentina. Es escritor (poeta, narrador, crítico literario y ensayista). Ha cursado estudios de literatura y lingüística en Europa y USA, siendo Máster en Historia de la Cultura Argentina y Máster en Comunicación. Ha recibido el "Premio a la Excelencia Educativa 2004", conjuntamente con los títulos de "Magister en Gestión Educativa", "Honorable Educador Iberoamericano" y "Doctor Honoris Causa", del Consejo Iberoamericano de Educación (conformado por universidades de América y España), por su amplia y reconocida trayectoria internacional. Es autor de quince libros (que van del relato fantástico y cuasi-fantástico al ensayo y la poesía), entre ellos Bizancio bajo las aguas, Mansión Artaud, y La noche desnuda de rostro ciego. Su obra ha sido traducida al inglés, francés e italiano. Fue becado por el gobierno español para participar, durante 1993, del "Primer Foro Literatura y Compromiso", junto con varios grandes autores de la literatura mundial, entre ellos los Premios Nobel Wole Soyinka y José Saramago. Ha recibido más de 50 premios nacionales e internacionales y el elogio de muchos grandes autores de la literatura argentina, entre ellos Borges, Silvina Ocampo, Bioy Casares y Olga Orozco. Conferenciante y organizador de seminarios a lo largo y ancho del mundo y participante en varios foros culturales a nivel mundial, ha creado FIED (Fundación Interdisciplinaria de Estudios para el Desarrollo), institución con sede en las ciudades argentinas de Córdoba y Buenos Aires y de la cual es Presidente.